martes, 26 de febrero de 2013

Con chocolate parte 1 de 3



Alison McGregor

Mientras Mary se hacía el desayuno, no podía dejar de mirar hacia el calendario que tenía a sus espaldas. Se concentró en la mermelada que estaba untando en la tostada, moviendo el cuchillo de un lado a otro. Le dio un pequeño mordisco y se giró hacia el calendario con resignación y fastidio en la mirada.
   Se había levantado esa mañana y, por primera vez en cuatro años, se había sentido sola en la ancha cama que no compartía con nadie. A diferencia de su amiga África, ella no tenía un novio maravilloso con el que compartir su cama o sus sábanas de seda. Pero ahí no radicaba lo peor de la situación, ya que al dirigirse a la cocina para desayunar, se había encontrado con su calendario y había descubierto que solo quedaban dos semanas para su cumpleaños, ¡iba a cumplir treinta años!
   Iba a entrar en la treintena, y no tenía a nadie a quien preparar el desayuno ni con quién arrugar las sábanas, ni siquiera tenía un trabajo por el que madrugar. Pero cómo iba a mirar hacia el futuro esperando soluciones, si no tenía ni un presente prometedor.
            -¡Vaya mierda!-exclamó antes de beber un sorbo de zumo.
   De repente, el timbre sonó con insistencia y Mary miró extrañada el reloj de la cocina, preguntándose quién llamaría a su casa tan temprano. Se dirigió hacia la puerta de su piso y miró por la mirilla. Suspiró con dramatismo y abrió la puerta.
            -¿Qué haces aquí a estas horas de la mañana?-preguntó Mary con molestia fingida.
            -Buenos días para ti también, mi amor.-respondió África pasando por su lado y lanzándole un beso desde el sofá.
   Mary miró a África y sonrió, poniendo los ojos en blanco acostumbrada al loco comportamiento de esa rubia con rizos. Con una altura media, la piel morena por el sol, y un cabello dorado salvaje, África era la típica californiana que tenía un novio impresionante. Pero Mary no sentía celos de ella, sino que se alegraba, ya que a su parecer se merecía lo bien que le estaba tratando el destino estos últimos años.
   Se acercó al sofá y se sentó junto a ella, arqueando las cejas en señal de pregunta.
            -He venido a por ti para comprarte un regalo de cumpleaños, así que venga, date prisa y arréglate.
            -¿Cumpleaños? Ni  me lo recuerdes.-respondió arrugando la frente con molestia.-Además, todavía quedan dos semanas.
            -Pero yo no podré ir a tu cumpleaños porque tengo que acompañar a Sergio a una conferencia en Nueva York, así que hoy te compraré el regalo, y no quiero que me lo discutas.-advirtió, señalándole con el dedo.
   Mary se entristeció porque África no pudiera ir a su cumpleaños, pero no le importaba, ya que este cumpleaños prefería que pasara sin celebraciones, que es lo que ocurriría si África estuviera en él. Fue a ducharse y arreglarse antes de que volviera a repetírselo. A pesar de que Mary insistió en que no necesitaba ningún regalo, África no le hizo caso y en menos de una hora se encontraba en frente de la tienda de lencería más cara de Chicago. Mary tenía claro que no pensaba permitir que le comprara nada, pero sus esfuerzos no dieron resultado y ahí, delante de sus ojos y envuelto para llevar, tenía el conjunto más sexy que había visto nunca.
   Sabía que no podría hacer nada por convencer a su amiga y desistió, segura de que esas preciosas prendas nunca cubrirían su cuerpo. Después tomaron un café en una terraza y más tarde Mary se despidió de ella, deseándole un buen viaje.
   Subía las escaleras, mirándose los pies y pendiente de la bolsa que iba rozando sus piernas a cada paso que daba. Miró el reloj y se dio cuenta de que ya era demasiado tarde, así que corrió a su piso. Volvió a meterse en la ducha, ya que el ambiente era muy caluroso y necesitaba refrescarse. Justo cuando se estaba secando, el timbre sonó y corrió hacia la puerta. La abrió y, rápidamente, consciente de la escasa toalla que llevaba, cogió la manta que tenía sobre el sofá y se cubrió.
            -¡Bruno!
   Bruno vivía en el piso de arriba y era un hombre por el que muchas mujeres babeaban cada vez que lo veían. Hacía cinco años que lo conocía y desde entonces se habían hecho muy amigos, tanto que ella lo consideraba su mejor amigo.
   Bruno la miró con las cejas arqueadas, observando su falta de ropa con diversión.
            -¡Vaya!-exclamó, mientras iba hacia su sofá.-Si querías ducharte, haberme avisado y habríamos ahorrado agua.
   Mary puso los ojos en blanco y sonrió, acostumbrada a soportar esa clase de comentarios por su parte.
            -Bueno, a lo que venía, he venido para decirte que esta noche pasaré a por ti sobre las diez.-dijo, señalándole con la mano.
            -¿A dónde vamos a ir?-preguntó, curiosa.
            -Mi madre me ha regalado entradas para el teatro, y, sinceramente, prefiero llevarte a ti antes que ir con ella y escuchar la cantidad de críticas que dice sobre el vestido de una mujer u otra.-respondió haciendo un gesto de aburrimiento.
   Mary sonrió, imaginando su situación. Hablaron un rato del día de cada uno y, después de acordar de nuevo la hora, Bruno se dirigió hacia la puerta y la abrió. Antes de cerrarla, se giró hacia ella y, sonriendo, comentó:
            -Por cierto, tienes unas piernas preciosas.
   Mary le lanzó la manta riendo al tiempo que él cerraba la puerta. Miró el reloj y comprobó que le daba tiempo cenar y arreglarse con tranquilidad. Ya delante del espejo, comprobó su vestido, el cual era de color rosa perla con unos tirantes finos, y sus zapatos blancos. Su pelo castaño tendría que recogerlo, así que después de investigar varios peinados, se decidió por recogérselo con algo de soltura.
   El timbre sonó, y dando una última mirada al reflejo del espejo, fue hacia la puerta y la abrió. Delante de sus ojos estaba Bruno, tan guapo como siempre: su pelo negro brillaba por el agua, sus ojos verdes la miraban con intensidad, y su boca, su boca era perfecta. Miró el resto del cuerpo, magnífico por completo y desprendiendo la palabra “sexo” por todos los poros.
            -¿Necesitas una toalla?-preguntó él. Mary levantó sus ojos confundidos hacia los de Bruno, que la miraban con sorna y diversión.-Babeas.-aclaró riendo por el sonrojo de Mary.
            -No digas tonterías.-dijo cogiendo el bolso del sofá y cerrando la puerta de su piso.-Por supuesto que babeo, pero es culpa tuya. No puedes venir a mi casa tan endiabladamente atractivo y esperar que no te coma con los ojos.
            -Por mí puedes comerme por completo, preciosa.-comentó, mirándola intensamente y sonriendo sensualmente.
   Mary rió, creyendo que las palabras de Bruno eran una broma, pero él las había dicho con la sinceridad más absoluta. Cerró el puño con fuerza, deseando que las cosas entre los dos fueran de otra manera y esperando que ella comenzara a fijarse en él.
   Entraron en el teatro y tras ocupar sus asientos, comenzó la obra, Hamlet, y la vieron en completo silencio, Mary absorta en la habilidad del actor y en cómo este interpretaba a la perfección el papel del protagonista. Y Bruno absorto también, pero no en la obra, sino en la facciones de Mary, absorbiendo cada dato que le pudieran transmitir y guardándolo ferozmente.
   El primer acto acabó y salieron fuera para estirar las piernas y hablar de lo que les estaba pareciendo la obra. En una habitación del edificio, estaban sirviendo bebidas para que los asistentes se refrescaran, así que Bruno le dijo a Mary que lo esperara mientras él iba a por algunas copas para los dos.
            -¿Mary?
   La espalda de Mary se tensó como una vara y despacio, rezando por estar equivocada, se giró y se encontró cara a cara, mirada con mirada, con Robert, el hombre que le robó el corazón y se lo rompió en pedazos hace cuatro años. Él le sonreía y ella no podía articular palabra, acongojada.
            -¡Qué sorpresa verte!-exclamó acercándose a ella y besando su mejilla.- ¿Qué tal estás?-preguntó sonriendo entre la barba.
   Mary lo miró y comprobó los cambios que había sufrido, desde su barba hasta su nuevo tinte de pelo. Cuando salían juntos, Robert apenas tenía veintitrés años cuando comenzaron a salirle canas y comenzó a tintarse el pelo de su color, castaño, pero ahora lo tenía rubio, a excepción de sus cejas que seguían castañas.
            -B…bi…en.-respondió, recuperándose de la conmoción y deseando que Bruno llegara en seguida.- ¿Y tú?
            -Mejor no me puede ir. La empresa está sacando muchos beneficios y yo me estoy forrando.-respondió prepotentemente.
   Mary sabía que Robert siempre le había dado mucha importancia al dinero, tanto que hace cuatro años le engañó con su jefa para poder ascender en la empresa. Cuando ella se había enterado no había podido creerlo, segura de que él nunca le sería infiel, pero había sido verdad y ella no había querido volver a verlo nunca más. Sin embargo, ahí lo tenía de nuevo, enfrente de ella.
            -¿Has venido sola?-preguntó con sorna, seguro de su respuesta.
            -Mi amor, ya estoy aquí.-dijo Bruno con dulzura, pasando su brazo por la cintura de Mary.
   Lo miró con los ojos como platos y vio cómo disimuladamente Bruno le guiñaba un ojo y lenta, muy lentamente, bajaba su cabeza hasta que sus labios entraron en contacto. Mary se tensó en sus brazos, insegura, pero la boca de Bruno comenzó a moverse sobre la suya con habilidad y en menos de un segundo, Mary se había suavizado y relajado contra su fuerte cuerpo, devolviéndole el beso y aceptando la invasión de su lengua. Sus sabores se mezclaron, el de Bruno sabía a champagne y a ella le encantó. 
   A lo lejos, escuchó una tos molesta que la hizo volver a la realidad. Se separó lentamente de Bruno, alzando sus ojos marrones hacia los verdes de él. Estos brillaban con intensidad y la seguían mirando como si fuera un tesoro, uno muy preciado que quisiera proteger siempre.
            -Lo siento mucho, Robert.-se disculpó Mary, tocando sus labios con dedos temblorosos, insegura de lo que había sentido.
            -Entiendo. ¿Es tu pareja?-preguntó señalándolo con desprecio contenido.
   Mary abrió la boca para negarlo, no queriendo que Bruno le mintiera, ya que no quería implicarlo en sus asuntos con Robert, pero él apretó su cintura y sonriendo contestó él.
            -Sí, llevamos saliendo juntos alrededor de dos años.-respondió y tras besar su sien con un beso rápido, añadió.-La quiero con locura.
            -Ya lo puedo ver por mí mismo.-replicó Robert mirando a Mary con una mueca de desilusión.-Yo tampoco he venido solo, Clare ha ido a retocarse.-añadió, y Mary estuvo segura de que lo hizo con intenciones de molestarla.-Un día deberíamos quedar los cuatro y tomar algo juntos.

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