sábado, 23 de febrero de 2013

Fresas y Nata. Parte 4 de 4



Alison MacGregor

-Justo ha sido cuando te has corrido en mi boca.-respondió con naturalidad, penetrándola con su mirada oscura.
   
África sintió sus mejillas encenderse por su sinceridad. Realmente Sergio no había cambiado en siete años, seguía tan directo y sincero como siempre. Eso siempre le había gustado de él, ahora le causaba turbación.

            -Solo me ha hecho falta mirarte a los ojos y ver lo que me decían en silencio.-dijo serio, esperando que ella hablara.
            -Lo único que te decían era que estaba cachonda. Nada más.-respondió orgullosa.
            -También eso, pero de forma secundaria. Lo que principalmente me decían, África, era que todavía me amas.-dijo de una forma que hizo que los pelos de la nuca se le erizaran.
            -Eso es imposible.-gritó levantándose del suelo y alejándose de él.-No te amo, Sergio, te odio. Tanto que esto era una venganza que, obviamente, me proporcionaría placer y excitación.

   Gritando, se alejó de él, poniendo todo el espacio posible entre ellos. No podía permanecer más tiempo pegada a su cuerpo, oyendo su respiración y sintiendo los latidos de su corazón.

            -No. Eso es mentira. No me odias. Me amas, tanto o más que hace siete años.-dijo acercándose cada vez más a ella.
            -¡Já! No eres tan irresistible, Sergio. En siete años te he olvidado y más que olvidado. He estado con numerosos hombres. No te creas el único.-le dijo con furia, levantando los brazos y haciendo gestos con las manos.-Además, tú eres el que no me ha olvidado. Por algo estás aquí, para tenerme cerca y amarme en silencio.-le gritó señalándolo con un dedo acusador.
            -Así es. Después de siete años, mi corazón sigue latiendo por el tuyo, mi cuerpo sigue deseando el tuyo, y mi mente no deja de pensar en ti.-susurró en voz alta, con su voz grave e hipnotizante.
            -¡Hijo de perra! No puedes llegar después de siete años y decirme que me amas. No después de haberte acostado con aquella rubia, no después de que yo os viera.-le gritó desesperada. No quería seguir escuchándolo, no podía, le dolía demasiado.

   Corrió hacia la puerta y la abrió.

            -Eso no es así. Yo no me acosté con aquella rubia.-le gritó, furioso.

   África giró la cabeza para mirarlo con resentimiento.

            -¡Vete a la mierda!-le dijo tan furiosa como él.

   Cerró la puerta tras de sí y se topó con el butanero. Él la miró asombrado, con los ojos como platos. África se dio cuenta de que estaba en pelotas y con las manos cogiendo la poca ropa que había llevado a casa de Sergio. Sonrió con naturalidad al muchacho moreno y le dijo.

            -Que tengas un buen día.

   Abrió la puerta de su piso y la cerró, dejando al muchacho con la boca abierta y la baba colgando. La oscuridad reinaba en su piso, encendió las luces y corrió a ducharse, queriendo olvidar la noche que había pasado con Sergio: las fresas, la nata, el cuerpo, el deseo, ¡todo!

   Agotada y triste se metió en la cama, deseosa de llorar. Todo había sido un desastre, nada había salido como ella quería. Su venganza no había tenido éxito, ella había salido dañada en el proceso. Ella y su corazón. Comenzó a llorar, las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, dejando un rastro hasta su barbilla. No es que se hubiera vuelto a enamorar de Sergio, sino que ya estaba enamorada. En siete años no lo había podido olvidar, tanto sus besos y su cuerpo como su mente y su personalidad arrolladora. Se había mentido a sí misma y a todo el mundo, diciendo que lo había olvidado. Y el único que se había dado cuenta, había sido él. Resignada, se durmió mojando la almohada de lágrimas.

   Al día siguiente, se levantó con unas ojeras hasta el suelo, el cuerpo agotado y los ojos hinchados y rojos. Se miró en el espejo del servicio y soltó un gemido de angustia.

            -¡Estoy horrible!

   Se dio una ducha rápida, se puso unos pantalones cortos, una camiseta de manga corta y se hizo una coleta alta para que el pelo no le molestara. Llamaron al timbre, cuando fue a abrir miró por la mirilla para comprobar que no era Sergio, y abrió la puerta.

            -¿África?-preguntó el hombre rubio.
   ¿Quién coño era?
            -Ajá.-respondió con una inclinación de cabeza.
            -Esto es para usted.-le dijo entregándole una caja envuelta.

   Comprendiendo que era un mensajero, le pagó una propina, cogió la caja y dejando la puerta abierta del piso debido a que no tenía tres manos para cerrar, fue al sofá. Dejó la caja sobre la mesa y la abrió, curiosa. Dentro había una pequeña nevera roja. La sacó confusa y lentamente la abrió.

            -¡Ooh!-exclamó.

   Dentro había un tazón blanco con fresas grandes, rojas y frescas. Al lado había un bote de nata. Cogiendo las dos cosas, comprobó que debajo había una nota.

   Espero que esto sepa expresar mejor que yo lo que siento:

Mis labios te recorren lentamente
mientras te excitas inmensamente.
Una inmensa pasión tu placer aumenta
y mi boca dulcemente te atormenta.
Siento el fuego palpitante,
de tu cuerpo vibrante.
Mis labios desciendan suavemente
donde más desea tu mente.
Tu movimiento excitante,
invita a mi boca provocante,
reposar en tu perfumada flor
para despertar todo tu ardor.

   África no pudo terminar de leerlo, ya que las lágrimas inundaban sus ojos y caían sobre el papel, mojándolo y emborronándolo. Dejó la nota sobre la mesa y se giró para cerrar la puerta del piso. Se detuvo en seco al ver a Sergio mirándola, cruzado de brazos y apoyado sobre la puerta. Se secó corriendo las lágrimas y se puso furiosa.

            -¿Qué haces aquí?-preguntó acercándose a él, dispuesta a echarlo.
            -Antes de que digas nada, debo decirte que nunca me acosté con aquella rubia. Cuando desperté aquel día, la vi a mi lado e inmediatamente le pedí explicaciones. Me dijo que la habían contratado mis amigos para gastarme una broma.-explicó con la voz neutra.

   África lo miró, estudiándolo. Realmente quería creerle. Aunque había utilizado un tono neutro, sus ojos no le mentían, se mostraban tan vulnerables mirándola suplicantemente, pidiéndole que confiara en él.

            -Si no me crees, no te culpo. Es realmente muy poco creíble, pero es así.-dijo con las manos delante de él, descubriéndose ante ella.

   Sintió que el corazón se le oprimía y acercándose a él, lo besó, no con pasión sino con ternura y todos sus sentimientos.

            -Te creo.-le dijo con lágrimas en los ojos.-Perdóname por no pedirte explicaciones y evitar que te defendieras.-se disculpó, esperando que le perdonara.
            -No hay nada que perdonar.-le dijo. La besó de nuevo, esta vez con más pasión que la vez anterior.- ¿Me amas, verdad?-preguntó con voz lastimera. 
            -Con todo mi corazón, Sergio.-le respondió sonriendo.

   Él la cogió entre sus brazos y la llevó al dormitorio entre risas y gemidos. Le hizo el amor durante toda la noche. Cuando terminaron, los dos se durmieron en brazos del otro. Y disfrutaron durmiendo juntos por primera vez desde hacía siete años.

   Al año siguiente, África enmarcaba la foto que le había regalado Sergio por San Valentín. Los dos salían abrazados, felices y besándose. África comenzó a reírse cuando comprendió que era la misma foto de su sueño. Al parecer el destino había sabido elegir su mejor camino. No pudo seguir pensando en eso, ya que unos brazos comenzaron a abrazarla por la cintura, y una boca a mordisquearle el cuello. Rió y se giró hacia Sergio, dispuesta una vez más a hacer el amor con él durante todo el día.

   ¿Quién dijo que el mundo era cruel?

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