miércoles, 1 de agosto de 2012

Relato Habitación 609 parte 2 de 4


«5.- Piénsalo una última vez. Si entras, no saldrás hasta que yo lo permita.»



Una oleada de deseo, la recorrió de la cabeza a los pies. ¿Qué pensaba hacer para impedírselo? ¿Atarla? El miedo, mezclado con la excitación provocó un espasmo de placer en su vientre, subiendo hasta los endurecidos pezones. Una resbaladiza y cálida humedad se estableció entre sus piernas.

Deseo… ¿Cuánto tiempo hacía que no lo sentía?

Sí, definitivamente, ese hombre tenía algo que ella necesitaba.



«6.- Abre la puerta.»



Lo hizo.



«7.- Pon el aviso de que no molesten.»



Las órdenes ahora se sucedían con rapidez.



«8.- Cierra la puerta y echa el cerrojo.»



La habitación quedó cerrada con un suave click.



«9.- Entra sin miedo.»



Eso ya era mucho pedir. Respiró profundamente, deseando que todo empezara y terminara de una vez. Se volvió, no muy segura de lo que iba a encontrar.

La habitación era lujosa, con una gran cama con columnas, que podían taparse con un dosel de seda que ahora estaba recogido. El edredón de brocado lucía en tonos granates, como el tapizado de la silla junto al escritorio. Dejó allí la carta, después de leer la última orden. Simple, sencilla, y a la vez la más difícil.



«10.- Di: Hola.»



¿Tendría valor?

—¿Hola?



III. DECLARACIÓN DE INTENCIONES



Él apareció de una puerta a su izquierda, cubierto tan solo por una pequeña toalla blanca. Ella primero abrió la boca al ver la perfección de su cuerpo casi desnudo. Luego, se sintió sonrojar hasta la raíz del cabello. Pero clavó la mirada en sus ojos, alzando la cabeza para poder hacerlo. La risa bailaba en las llamas doradas y casi alcanzó a ver una sonrisa en sus labios carnosos y duros. Los ojos del hombre se dirigieron hacia su más que recatado escote.

—Creí que las instrucciones decían que te desabrocharas un botón.

Su voz profunda la hizo ruborizar aún más, pero esta vez de puro deseo.

—Lo hice —respondió, forzando su garganta para que su timbre no sonara inseguro.

Le vio fruncir el ceño, pero no enfadado, sino más bien divertido. Alzó una ceja en su dirección y sus apetecibles labios se curvaron en una lenta sonrisa.

—No me lo vas a poner fácil, ¿eh?

No contestó. No estaba segura de para qué había ido. Sí, sabía lo que quería. También lo que él deseaba. Pero no estaba muy segura de poder ofrecérselo.

—¿Cómo te llamas?

—Karen

—Hermoso nombre —susurró, casi para sí.

Empezó a caminar hacia ella, desviándose cuando sus cuerpos casi se tocaban para dar una vuelta a su alrededor, sus ojos clavándose en cada voluptuosa curva de su cuerpo. Se sentía insultada y a la vez muy caliente. La miraba como si fuera un simple objeto, pero que él quisiera utilizarla era halago más que suficiente.  Ella también quería utilizarle… y cada vez tenía más ganas.

—¿Y tu nom…?

—Puedes llamarme Mike – interrumpió a su espalda.

—¿Pero es ese…?

—¿Importa?

Karen se volvió enfadada, más que tentada de marcharse en ese momento.

—No me gusta que me interrumpan

—Cuando realmente quieras decir algo, no dejarás que lo haga.

Su sonrisa era enigmática y provocadora, tanto como esas palabras que la sacudieron con una nueva oleada de humedad. ¡Qué lucha mantenía en su interior! La mujer independiente y segura de sí misma, contra la mujer que deseaba un hombre que intentara dominarla con el respeto, no con bravatas. Ganó la de siempre, y con una mirada altiva, pasó junto a él para dirigirse a la salida.

—¿Sabes a qué has venido, Karen? —preguntó, calmado, como si fuera consciente de que sólo necesitaba una excusa para quedarse.

Karen se volvió, dejando que su pelo ondulado, resbalara por el frente de la camisa de seda.

—A que me folles —recordó la dura palabra de Peter en el restaurante y decidió utilizarla.

Quería parecer una mujer moderna, capaz de espetar ordinarieces como aquella sin sonrojarse… aunque le resultara imposible hacerlo. El debió de apreciar su incomodidad, pero la risa ronca que salió de lo más profundo de su pecho no fue en absoluto ofensiva, sólo otro motivo más para que se enardecieran sus sentidos.

—No voy a follarte, Karen.

Dio dos pasos hacia ella, desnudándola con la mirada, comiéndosela con los ojos, provocando oleadas de placer que se extendían desde su vientre.

—Yo no te follaré —susurró, cada vez más cerca—. Te proporcionaré un placer que nunca has sentido —se colocó a su derecha, acercando los pecaminosos labios a la sensible piel de su oído—. Te acariciaré —un ligero roce de sus dedos en la cintura—. Te lameré —pequeño toque de su lengua en el cuello—. Te morderé —sus dientes apretando suavemente el lóbulo de su oreja.

Estaba más que preparada para que le hiciera todas esas cosas y más. Todos sus nervios saltaban ahora esperando conseguir un pedazo de ese hombre que le daba placer solo con su voz y sus palabras. Y todavía no había terminado.

—Dejarás que me pierda en ese tentador cuerpo tuyo —ahora se colocaba a su espalda, rozándola con el pecho y calentándola con su aliento—, te aferrarás a mí con cada espasmo de placer. Te haré gritar mi nombre repetidas veces. Y conseguiré que adores el sexo sencillamente por el placer.

—Eso ya lo hago —susurró trémula.

Abarcó su cintura con las manos y las fue subiendo lentamente… muy lentamente, hasta que con el dorso llegó a sujetar el peso de sus senos hinchados. Con la boca muy cerca de la piel de su cuello, preguntó:

—¿Estás segura?



IV. EMPIEZA EL JUEGO



Claro que estaba segura. Nunca había tenido sexo por placer. Jamás se había visto en una situación semejante, y desde luego, no provocada por ella. Pero ahora… Ahora estaba más que dispuesta a dejarse llevar por el placer que le proporcionaba ese hombre. Y estaba más que dispuesta a provocarlo para que continuara con el juego.

Quería tocarle, quería que le tocara. Necesitaba que esas ardientes manos la acariciasen, que sus cuerpos desnudos se rozasen cubiertos en sudor. Ya podía imaginarse sobre él, bajo él, entorno a él. Apretándole. Pero corría el riesgo de siempre.

Se alejó de él con un suspiro y la cabeza gacha. Sí, ella disfrutaría, ¿pero lo haría él?

—Ya sabía yo que no —comentó Mike con la voz grave.

Karen se volvió con los ojos chispeantes y le recorrió el cuerpo con la mirada, una mirada apreciativa y a la vez insultante.

—Que tú tengas aptitudes para el sexo no significa que todos las tengamos —replicó indignada—. Quiero esto. Te deseo, pero no entiendo por qué me deseas tú a mí. ¿O no lo haces? ¿Por qué me diste la tarjeta?

Sus preguntas parecían histéricas. Ella estaba empezando a ponerse histérica. ¿Por qué le había dicho eso? Abrió la boca para decirle que olvidara sus palabras cuando le vio acercarse a ella con la determinación plasmada en el rostro. Solo pudo observarle, todo su cuerpo, moreno y musculoso, grande, capaz de someterla con facilidad.

—Te di la tarjeta porque no soportaba verte llorar. Porque sabía que yo podía curar tu dolor —adelantó su mano para tomarla por la muñeca, acercando los dedos de Karen a la pequeña toalla que le cubría—. Y porque te deseé desde el momento en que tu cuerpo impactó contra el mío.

La obligó a meter la mano bajo la toalla y a rodearle con sus dedos. Karen jadeó y abrió los ojos con fuerza, sorprendida de haber sido capaz de provocar semejante erección.

—¿Por qué? —preguntó en un susurro, sin retirar la mano cuando él lo hizo.

El lo vio claro entonces. La miró a los ojos y vio en ellos sus dudas, sus inseguridades, sus temores, su hambre de él. Rodeó su rostro con las manos y le alzó la barbilla, hundiéndose en esa mirada expuesta. 

—Porque eres ardiente. Tu mano está quemando mi sexo —ella empezó a moverla, haciendo que la temperatura bajo la toalla subiera unos cuantos grados—. Porque no veo el momento de que tus labios se cierren entorno a mí —introdujo un dedo en su boca y Karen lo rodeó con su lengua—. Sí, así —él jadeó—. Porque cuando te recogí del suelo sólo pude pensar en apretarme entre tus muslos abiertos —la tensión en su cuerpo empezaba a hacerse insoportable y sonrió—. Porque siempre he alabado mi capacidad de contención, pero ahora mismo estoy a punto de correrme en tu mano.

Karen se humedeció los labios y apretó su mano entorno a él, haciendo más rápidos los movimientos. Le miró con los ojos vidriosos. ¡Dios! Solo de pensar en su semen goteando de su mano, se humedecía sin remedio.

—¿Y si quiero que te corras en mi mano? —preguntó algo cohibida.

—Yo preferiría correrme en tu boca —alzó la mano hasta su nuca, hundiendo los dedos en su pelo –. Preferiría hacerlo dentro de ti.

Estuvo tentada de ponerse de rodillas y tomarle con su boca. Pero no lo hizo, iría poco a poco. Tenían toda la noche por delante.

—Podrías correrte ahora en mi mano —dio un paso hacia delante, rozándole el pecho con los duros pezones—. Luego podrías hacerlo en mi boca —se humedeció los labios de nuevo, alzando el rostro hacia él—. Y después dentro de mí, todo lo profundo que quieras.

—¿Eso es lo que tú deseas? —le preguntó, con sus ardientes ojos clavados en su mirada.

Su única respuesta fue ponerse de puntillas y besarle con su boca inexperta. Acarició los labios duros y los lamió tímidamente, siguiendo un impulso de su cuerpo. El la dejaba hacer, observando con los ojos entreabiertos la expresión de su cara. Ligeros toques de su lengua en la piel húmeda de sus labios, leves succiones, mordisquitos intencionados. Los besos que ella le daba, no parecían hacer más efecto que el roce de una pluma. Pronto las dudas la asaltaron de nuevo. ¿Por qué no conseguía dar placer a un hombre? ¿Qué andaba mal en ella? Probablemente, si no estuviera acariciando su pene, se le habría bajado al primer roce de sus labios.

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